sábado, 2 de abril de 2005

El acordeonista



Aquí y allí, unas teclas que colocan el aire en sitios diferentes y la música empieza a brotar. La gente se arremolina y tus notas extranjeras despiertan curiosidad e interés. Una pareja acaba de volar con la mente a su lugar en la orilla del Sena. Otro se pregunta por qué Edith Piaf no ha cantado desgarradamente la canción. Me detengo a contemplar el interior de un suntuoso café reflejado en el cristal de las gafas de un señor que admira complacido la escena. El compás siguiente abre súbitamente la ventana de mis sentimientos. Empiezo a soñarte y a lanzar mi pasión al infinito. Me respondes con unas tímidas gotas que dan paso a una fina lluvia. La música cesa y mi rostro sigue en alto disfrutando de tí. Llueve.

3 comentarios:

Agustín dijo...

La música es uno de los estímulos más evocadores. Es como un círculo: ves o lees cosas que te recuerdan canciones o melodías; canciones que te traen de vuelta sentimientos y recuerdos olvidados, recuerdos asociados con personas... al final todo nos recuerda a la gente que queremos. O que quisimos...

Bergeronnette dijo...

Mmm... Has visto alguna vez a los rusos que suelen estar cerquita de El corte inglés de Independencia, casi pegados a la puerta del antiguo cine Coliseo... El canon de Pachelbel que tocan te traslada, en todas las ocasiones en que los he escuchado, a otro tiempo, a otro lugar...
Escúchalos, si no lo has hecho, o vuelve a hacerlo, en caso de haberlos escuchado ya.

Pero... Volviendo a tu post, supongo que la música evoca en todo aquel que la escucha una experiencia distinta, según haya sido nuestro camino. Es toda una espiral, en la que el músico o intérprete toca, y nosotros debemos interpretar.

Un beso.

Roberto Iza Valdes dijo...
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