martes, 8 de marzo de 2005

Fuerza en el honor



Hoy he necesitado ver de nuevo el comienzo de la película Gladiator, del sabio Riddley Scott. Su música me envuelve y me transporta al fondo de mi mente en un ejercicio de hipnosis, como si de un mantra se tratase.
Los labios cerrados de una joven mujer tararean suavemente una melodía remota que pasa y se aleja. La mano ruda, tosca y muy curtida del guerreado general romano va rozando las crestas de las espigas mientras camina abstraido en sus pensamientos. Cree sentir también leves risas de niños jugando, como la de su hijo en la lejana Hispania. Añora sus campos a punto de cosechar, la llamada de su joven esposa y el ambiente familiar donde descansar. Sus ojos se paran en un minúsculo pajarillo, que despierta su ternura en un momento en el que se siente trasladado a sus lejanas propiedades. Mientras el general lo mira complacido, el pequeño pájaro rompe a volar, despertando en el soldado una sonrisa de infinito regocijo por los breves momentos evocados con los suyos. Mira a su alrededor y vuelve al mundo real. Su gesto cambia al sentir los campos humeantes y arrasados por el yugo del más fuerte, su imperio, que intenta imponer su ley a sangre y fuego. Sólo hay destrucción, y su misión es seguir destruyendo, porque hay que acabar la guerra cuanto antes. Él es una persona con un principio del honor intachable, que combate codo a codo en cada batalla y que es apreciado al máximo por sus soldados y por su césar. Es una persona íntegra y leal, trabajador infatigable en su tarea final como soldado al servicio de su patria: expandir el imperio. Su misión reclama grandes sacrificios en vidas humanas que él tiene que reducir al máximo. En sus filas, claro. Los enemigos son destructores del imperio y tienen que ser aniquilados.
Ahora tenemos a los generales americanos. Una estrategia tomada de una forma u otra puede significar que un soldado, otro y otro pierdan la vida. Que ya no vivan más. Que dejen de existir. Lo malo es que no hay un ejército contrario definido. Si nos atacan comandos apoyados por la población, está claro que son todos culpables. Además muchos no quieren nuestra democracia, que es la mejor del mundo. A ver cuando nos pagan todo lo que nos está costando esta guerra. Además, con el petróleo que nos vendan, podrán rehabilitar y construir los edificios que les hemos destruido en los bombardeos por albergar armas químicas. Bueno, en cuanto nos paguen el armamento de la guerra contra Irán del 88, que eso todavía nos lo deben. Aún se quejarán. ¡Encima que les traemos la democracia!

1 comentario:

Bergeronnette dijo...

Hola,
El principio de esa película tiene mucha fuerza, y me ha encantado ver como lo describías según tú lo ves.
Y... La ironía final... Muy acertada.

Un beso.